Archivo de la categoría: III. Literatura ventricular

La que bombea nuestra corazón.

Hijo, no cometas los mismos errores que yo.

Siddharta.  (Hermann Hesse)

Siddharta por fin conoce a su hijo, el joven Siddharta, que hasta el momento había vivido con su madre en ambientes palaciegos y que, por vueltas de la vida, se ve forzado a vivir con su padre en una choza junto a un río.  Esto le disgusta y crea repulsa hacia su progenitor, despertando el deseo de escapar de aquel tedioso lugar.  

Vasudeva, un anciano barquero que vive con Siddharta, aconseja a éste cómo tratar a su hijo.

Durante mucho tiempo, incluso largos meses, Siddharta esperó inútilmente que su hijo le comprendiera, que aceptara su amor, que quizá le correspondiera. Vasudeva esperó durante muchos meses; confiaba y callaba. Un día el joven Siddharta vejó una vez más a su padre con su testarudez y sus caprichos, y le rompió dos fuentes de arroz; aquella noche, Vasudeva llamó a su amigo y habló con él.

-Perdóname -empezó-. Te hablo con el corazón de un amigo. Veo que tienes preocupaciones, problemas. Tu hijo amado te preocupa, y también me inquieta a mí. El joven pájaro está acostumbrado a otra vida, a otro nido. No se ha escapado, como tú, de la riqueza y de la ciudad por hastío o aburrimiento, sino que lo ha abandonado en contra de su voluntad. Pregunté al río, amigo; muchas veces le he interrogado. Pero la corriente se ríe de mí y de ti, y se burla de nuestra necedad. El agua quiere estar junto al agua, la juventud con la juventud. Tu hijo no se encuentra en el lugar apropiado para poder desarrollarse bien. ¡Pregunta también al río, y sigue su consejo!

Siddharta observó el amable semblante, en cuyos innumerables surcos se albergaba una continua serenidad.

-Pero, ¿puedo yo separarme de él? -preguntó Siddharta en voz baja, avergonzado-. ¡Deja que pase un tiempo, amigo! Mira, yo lucho por ganar el corazón de mi hijo, me esfuerzo con paciencia y amor, quiero conseguirlo. También el río llegará a hablarle a él; también tiene vocación.

La sonrisa de Vasudeva se hizo más afectuosa.

-Pues claro, también el pequeño tiene vocación y sirve para la vida eterna. No obstante, ¿sabemos nosotros, tú y yo, qué vocación tiene, qué vida le espera, qué obras y qué sufrimientos? Sus dolores no serán pocos, ya que su corazón es orgulloso y duro, y esas personas tienen que sufrir mucho, equivocarse infinidad de veces, cometer innumerables injusticias, pecar una y otra vez. Dime, amigo, ¿no educas a tu hijo? ¿No le obligas? ¿No le pegas? ¿No le castigas?

-No, Vasudeva, no hago nada de eso.

-Me lo imaginaba. No le obligas, ni le pegas, ni le mandas, y es que sabes que lo blando es más fuerte que lo duro, que el agua es más potente que la roca, que el amor es más vigoroso que la violencia. Conforme, y te elogio. Sin embargo, ¿no te equivocas pensando que no le obligas ni castigas? ¿No te atas con tu amor? ¿ No le avergüenzas día a día y le dificultas sus obras con tu bondad y paciencia? ¿No obligas al muchacho arrogante y mimado a vivir en una choza con dos viejos que se alimentan de plátanos y para los que un plato de arroz es un bocado exquisito? Nuestros pensamientos nunca podrán ser los suyos, igual que nuestro corazón viejo y quieto lleva otra marcha, que no es la suya. ¿No crees que ya ha sido bastante castigado con todo ello?

Siddharta bajó la cabeza, consternado. En voz baja preguntó:

-¿Qué me aconsejas que debo hacer?

Vasudeva continuó:

-Llévale a la ciudad, a casa de su madre. Allá todavía estarán los criados; déjale con ellos. Y si no los hay, condúcelo a casa de un profesor, no por lo que le pueda enseñar, sino para que se halle junto a otros chicos y chicas de su edad, en ese mundo que es el suyo. ¿Nunca lo pensaste?

-Tú lees en mi corazón -repuso Siddharta-. A menudo lo pensé. Pero oye, ¿cómo puedo trasladarlo a ese mundo, si tiene débil el corazón? ¿No se volverá disoluto, no se perderá entre los placeres y el poder? ¿No repetirá los errores de su padre? ¿No se hundirá para siempre en el sansara?

La sonrisa del barquero se iluminó. Suavemente oprimió el brazo de Siddharta y declaró:

– ¡Pregunta al río, amigo! ¡Escucha su risa! ¿Realmente crees que has cometido tú esas necedades para ahorrárselas a tu hijo? ¿Acaso puedes protegerlo contra el sansara? ¿Y cómo? ¿Con la doctrina, con oraciones, advertencias? Amigo, ¿has olvidado totalmente aquella historia, la del hijo de un brahmán, llamado Siddharta, que me contaste aquí mismo? ¿Quién ha protegido del sansara al samana Siddharta? ¿Quién del pecado, de la codicia, de la necedad? ¿Le pudo custodiar la piedad de su padre, las advertencias de los profesores, sus propios conocimientos, su propia búsqueda? ¿Qué padre o qué profesor han conseguido evitar que él mismo viva la vida, se ensucie con la existencia, se cargue de culpabilidad, beba el brebaje amargo, encuentre su camino? Amigo, ¿ acaso crees que ese camino se lo podías ahorrar a alguien? ¿Quizás a tu hijo, porque le amas y desearías ahorrarle penas, dolor y desilusiones? Aunque te murieras diez veces por él, no conseguirías apartarle lo más mínimo de su destino.

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Aprende las artes del amor.

Siddharta.  (Hermann Hesse)

Siddharta abandona su vida de samana (asceta), y conoce a la joven y hermosa Kamala, a quien pide le enseñe las artes del amor.  

Tus labios son como un higo recién abierto, Kamala. También mi boca es roja y fresca y hará juego con la tuya, lo verás. Pero dime, bella Kamala, ¿no temes ni siquiera un poco al samana del bosque, que ha venido a aprender el amor?

 -¿Cómo podría tener miedo de un samana? ¿De un necio samana del bosque, que habita con los chacales y que todavía desconoce lo que es una mujer?

-¡Ah! Pero el samana es fuerte y no se arredra ante nada. Podría forzarte, bella muchacha. Robarte, hacerte daño. 

-No, samana, no temo nada de eso. ¿Alguna vez un samana o un brahmán ha temido que alguien le pudiera robar su sabiduría, su devoción o su profundidad de pensamiento? No, pues es suyo, y sólo da lo que quiere dar y a quien quiere. Lo mismo, exactamente, pasa con Kamala y las alegrías del amor. La boca de Kamala es bonita y encarnada, pero intenta besarla contra la voluntad de Kamala, y no disfrutarás ni una sola gota de la dulzura que sabe dar. Tú tienes facilidad para aprender, Siddharta, pues aprende también esto: el amor se puede suplicar, comprar, recibir como obsequio, encontrar en la calle, ¡pero no se puede robar!

 

pluma

(Fragmento II) 

Siddharta, en el amor, todavía era un chiquillo inclinado a hundirse con ceguera insaciable en el placer, como en un precipicio. Kamala le enseñó, desde el principio, que no se puede recibir placer sin darlo; que todo gesto, caricia, contacto, mirada, todo lugar del cuerpo, tiene su secreto, que al despertarse produce felicidad al entendido.

También le dijo que los amantes, después de celebrar el rito del amor, no pueden separarse sin que se admiren mutuamente, sin sentirse a la vez vencido y vencedor; de ese modo, ninguno de los dos notará saciedad, monotonía, ni tendrá la mala impresión de haber abusado o de haber padecido abuso.

 

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Hacia la perfección del alma.

Siddharta. (Hermann Hesse)

 

En el capítulo final del libro se encuentran los dos amigos después de mucho tiempo en su incansable búsqueda hacia la perfección del alma. Govinda se dirige de esta manera a Siddharta:

 

– ¿ Quieres darme un consejo venerable?

 

– ¿ Qué podría decirte, venerable? Quizá que has buscado con demasiado ahínco. Que a fuerza de buscar no has podido encontrar. Cuando alguien busca, fácilmente puede ocurrir que su ojo sólo se fije en lo que busca; pero como no lo halla, tampoco deja entrar en su ser otra cosa; no puede absorber ninguna otra cosa, pues se concentra en lo que busca. Tiene un fin y está obsesionado con él. Buscar significa tener un objetivo. Encontrar, sin embargo, significa estar libre, abierto, no tener ningún fin.

 

(Fragmento II)

 

 – Lo que más se me ha grabado amigo Govinda, es el siguiente razonamiento: La sabiduría no es comunicable. La sabiduría que un sabio intenta comunicar, suena siempre a simpleza. El saber es comunicable, pero la sabiduría no. Puede hallarse, puede vivirse, nos sostiene, hace milagros; pero nunca se puede explicar ni enseñar.

  

(Fragmento III)

 

 – Lo contrario de cada verdad es igualmente cierto. O sea: Una verdad sólo se puede pronunciar y expresar con palabras si es unilateral. Y unilateral es todo lo que se puede expresar con pensamientos y declarar con palabras. Unilateral es todo lo mediocre, todo lo que carece de integridad, de redondez, de unidad. (…) 

Nunca un ser es completamente santo o pecador. Creemos que es así porque tenemos la ilusión de que el tiempo es algo real. Y si el tiempo no es real, también el lapso que parece existir entre el mundo y la eternidad, entre el sufrimiento y la bienaventuranza, entre lo malo y lo bueno, es una ilusión.  

El pecador, que lo somos tú y yo, es pecador, pero algún día volverá a ser Brahma, alcanzará el nirvana, será Buda. Pero fíjate, ese “algún día” es una ilusión. ¡ Es sólo metáfora”. El pecador no está en camino hacia el Buda, no está evolucionando, aunque no nos lo podamos imaginar de otra forma. No; en un pecador, ahora y hoy, ya está presente el Buda, su futuro ya vive en él. El Buda en potencia que se encuentra en el interior de cada persona debe ser reconocido y respetado.  

El mundo no es imperfecto ni se encuentra evolucionando lentamente hacia la perfección. No, él es perfecto en cualquier momento. Todo pecado lleva en sí el perdón. (…)

Por ello me parece que todo lo que existe es bueno: tanto la muerte como la vida, el pecado o la santidad, la inteligencia o la necedad: todo necesita únicamente mi afirmación, mi conformidad, mi comprensión amorosa: entonces es bueno para mí y nada podrá perjudicarme.

He experimentado en mi propio cuerpo, en mi propia alma, que necesitaba el pecado, la voluptuosidad, el afán de la propiedad, la vanidad, y que precisaba de la más vergonzosa desesperación para aprender a vencer mi resistencia, para instruirme a amar el mundo. Para no compararlo con algún mundo deseado o imaginado, regido por una perfección inventada por mí, sino dejarlo tal como es, amarlo y sentirme feliz de pertenecer a él. (…) 

El amor, Govinda, me parece que es lo más importante que existe. Penetrar en el mundo, explicarlo y despreciarlo, es cuestión de interés para los grandes filósofos. Pero a mí únicamente me interesa el poder amar a ese mundo, no despreciarlo; no odiarlo ni aborrecerme a mí mismo: a mí sólo me atrae la contemplación del mundo y de mí mismo, y de todos los seres, con amor, admiración y respeto.    

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