Hijo, no cometas los mismos errores que yo.

Siddharta.  (Hermann Hesse)

Siddharta por fin conoce a su hijo, el joven Siddharta, que hasta el momento había vivido con su madre en ambientes palaciegos y que, por vueltas de la vida, se ve forzado a vivir con su padre en una choza junto a un río.  Esto le disgusta y crea repulsa hacia su progenitor, despertando el deseo de escapar de aquel tedioso lugar.  

Vasudeva, un anciano barquero que vive con Siddharta, aconseja a éste cómo tratar a su hijo.

Durante mucho tiempo, incluso largos meses, Siddharta esperó inútilmente que su hijo le comprendiera, que aceptara su amor, que quizá le correspondiera. Vasudeva esperó durante muchos meses; confiaba y callaba. Un día el joven Siddharta vejó una vez más a su padre con su testarudez y sus caprichos, y le rompió dos fuentes de arroz; aquella noche, Vasudeva llamó a su amigo y habló con él.

-Perdóname -empezó-. Te hablo con el corazón de un amigo. Veo que tienes preocupaciones, problemas. Tu hijo amado te preocupa, y también me inquieta a mí. El joven pájaro está acostumbrado a otra vida, a otro nido. No se ha escapado, como tú, de la riqueza y de la ciudad por hastío o aburrimiento, sino que lo ha abandonado en contra de su voluntad. Pregunté al río, amigo; muchas veces le he interrogado. Pero la corriente se ríe de mí y de ti, y se burla de nuestra necedad. El agua quiere estar junto al agua, la juventud con la juventud. Tu hijo no se encuentra en el lugar apropiado para poder desarrollarse bien. ¡Pregunta también al río, y sigue su consejo!

Siddharta observó el amable semblante, en cuyos innumerables surcos se albergaba una continua serenidad.

-Pero, ¿puedo yo separarme de él? -preguntó Siddharta en voz baja, avergonzado-. ¡Deja que pase un tiempo, amigo! Mira, yo lucho por ganar el corazón de mi hijo, me esfuerzo con paciencia y amor, quiero conseguirlo. También el río llegará a hablarle a él; también tiene vocación.

La sonrisa de Vasudeva se hizo más afectuosa.

-Pues claro, también el pequeño tiene vocación y sirve para la vida eterna. No obstante, ¿sabemos nosotros, tú y yo, qué vocación tiene, qué vida le espera, qué obras y qué sufrimientos? Sus dolores no serán pocos, ya que su corazón es orgulloso y duro, y esas personas tienen que sufrir mucho, equivocarse infinidad de veces, cometer innumerables injusticias, pecar una y otra vez. Dime, amigo, ¿no educas a tu hijo? ¿No le obligas? ¿No le pegas? ¿No le castigas?

-No, Vasudeva, no hago nada de eso.

-Me lo imaginaba. No le obligas, ni le pegas, ni le mandas, y es que sabes que lo blando es más fuerte que lo duro, que el agua es más potente que la roca, que el amor es más vigoroso que la violencia. Conforme, y te elogio. Sin embargo, ¿no te equivocas pensando que no le obligas ni castigas? ¿No te atas con tu amor? ¿ No le avergüenzas día a día y le dificultas sus obras con tu bondad y paciencia? ¿No obligas al muchacho arrogante y mimado a vivir en una choza con dos viejos que se alimentan de plátanos y para los que un plato de arroz es un bocado exquisito? Nuestros pensamientos nunca podrán ser los suyos, igual que nuestro corazón viejo y quieto lleva otra marcha, que no es la suya. ¿No crees que ya ha sido bastante castigado con todo ello?

Siddharta bajó la cabeza, consternado. En voz baja preguntó:

-¿Qué me aconsejas que debo hacer?

Vasudeva continuó:

-Llévale a la ciudad, a casa de su madre. Allá todavía estarán los criados; déjale con ellos. Y si no los hay, condúcelo a casa de un profesor, no por lo que le pueda enseñar, sino para que se halle junto a otros chicos y chicas de su edad, en ese mundo que es el suyo. ¿Nunca lo pensaste?

-Tú lees en mi corazón -repuso Siddharta-. A menudo lo pensé. Pero oye, ¿cómo puedo trasladarlo a ese mundo, si tiene débil el corazón? ¿No se volverá disoluto, no se perderá entre los placeres y el poder? ¿No repetirá los errores de su padre? ¿No se hundirá para siempre en el sansara?

La sonrisa del barquero se iluminó. Suavemente oprimió el brazo de Siddharta y declaró:

– ¡Pregunta al río, amigo! ¡Escucha su risa! ¿Realmente crees que has cometido tú esas necedades para ahorrárselas a tu hijo? ¿Acaso puedes protegerlo contra el sansara? ¿Y cómo? ¿Con la doctrina, con oraciones, advertencias? Amigo, ¿has olvidado totalmente aquella historia, la del hijo de un brahmán, llamado Siddharta, que me contaste aquí mismo? ¿Quién ha protegido del sansara al samana Siddharta? ¿Quién del pecado, de la codicia, de la necedad? ¿Le pudo custodiar la piedad de su padre, las advertencias de los profesores, sus propios conocimientos, su propia búsqueda? ¿Qué padre o qué profesor han conseguido evitar que él mismo viva la vida, se ensucie con la existencia, se cargue de culpabilidad, beba el brebaje amargo, encuentre su camino? Amigo, ¿ acaso crees que ese camino se lo podías ahorrar a alguien? ¿Quizás a tu hijo, porque le amas y desearías ahorrarle penas, dolor y desilusiones? Aunque te murieras diez veces por él, no conseguirías apartarle lo más mínimo de su destino.

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